AGRESIVIDAD PERIODÍSTICA
¡ENHORABUENA!
NUEVA YORK.--07-06-2008-- Hace poco advertía yo desde esta misma importuna columna periodística acerca de la imposibilidad o de la inconveniencia de que en el cuerpo de un periodista no habite un profeta. En eso, aducía entonces, se distingue esencialmente el hombre o la mujer de prensa del político profesional.
Al político, como con fina ironía y claro discernimiento de las voces dijera Barcia, cuesta menos ser negligente en su deber que olvidar la menor de sus obligaciones. En cambio el comunicador social ha hecho un inquebrantable pacto con la verdad y con la justicia sin el cual su vocación se duda y su misión se frustra.
Decía esto a propósito del denuedo y la entereza con que Graciela Beltrán Carías, recién electa a la directiva del Colegio Nacional de Periodistas de Venezuela, declinara recibir de manos de funcionarios de un régimen como el chavista, que tantas pruebas ha dado de que le enfada o le molesta el libre ejercicio de la prensa, la mención especial con que fuera honrada por su labor en beneficio de la comunidad a través de su popular programa televisivo De la mano contigo.
Poco antes de pergeñar esas parrafadas, había también expresado la indignación más que la extrañeza que me causara ver, una y otra vez, la más que complaciente timorata actitud con que la batería de reporteros de diversos medios periodísticos cubren los habituales shows mediáticos del presidente Hugo Chávez doquiera éste se deja caer para asistir a esas cumbres presidenciales en declive que periódicamente se organizan en nuestra América, y en las que --para colmo de males--, se habla hasta por los codos, pero a la postre se dice poco, casi nada. Mucho ruido y pocas nueces, pues.
Al final del artículo en el que gratamente comentaba la valiente y noble actitud de la periodista venezolana que rechazara recibir un premio de quienes acompañan al señor Chávez en la ejecución de su proyecto revolucionario (bolivariano) socialista y son, por ello mismo, de alguna manera cómplices o aparceros de los abusos y arbitrariedades de ese hombre contra la prensa libre; al final del comentario, decía, formulaba sinceros votos de que los periodistas de la región, en el ordinario desempeño de nuestro oficio, emulemos sin claudicar tal ejemplo de decencia, honradez, y ética profesional.
Ahora bien: reflexionando aún en el admirable ejemplo de integridad y nobleza dado por la periodista Beltrán Carías, me vi de pronto ante la pantalla chica en el momento mismo en que un bunch de reporteros de uno y otro sexo se aprestaban a cubrir una rueda de prensa en la que el alto mando militar colombiano revelaría detalles hasta entonces inéditos de la llamada operación jaque que tuviera por feliz resultado el rescate de Ingrid Betancourt y otros catorce compañeros suyos hasta hace poco secuestrados por las FARC, sigla esta que con el tiempo ha devenido un signo de barbarie y sinónimo de crueldad sin límites ni parangón en la historia contemporánea americana.
Una vez se diera inicio a la rueda de prensa los periodistas presentes comenzarían a dar muestras de una agresividad y hostilidad poco común o rara vez vistas en tales actividades. Mi primera impresión fue de que los reporteros que asaltaban con sus preguntas a los jefes militares de Colombia, habían acopiado en su mochila o morral todos los prejuicios, zancadillas y desinformaciones con que los tozudos e incorregibles enemigos de la justicia y de la libertad pretenden empañar la legítima gloria de una exitosa operación de inteligencia militar que ha sido y aún es pasmo y asombro del mundo,
Desde luego, como alguien que en los últimos cuarenta años, dentro y fuera de mi país, la República Dominicana, ha ejercido el periodismo profesional en diversos cargos o desempeños, la agresividad que esta vez mostraban los reporteros no me era en modo alguno insólita o extraña.
Al contrario. Como creo haber dicho también en otra oportunidad en este mismo espacio de opinión, en la República Dominicana de Duarte y de Trujillo, como en general en cualquier país de nuestra América, los militares --con razón o sin ella--, no gozan del respeto y nunca han sido ni aún son el santo de la devoción de los periodistas, la mayoría de los cuales casi siempre militan con los Franciscos del lado izquierdo del espectro político e ideológico de la sociedad.
Por ejemplo, en los días del legendario y ya fenecido presidente Joaquín Balaguer Ricardo, el hombre de quien el presidente James S. Carter (Jimmy) con desusada modestia dijera que todos debemos aprender, y a quien hasta su una vez acérrimo adversario político, el doctor Francisco Peña Gómez (rip), llamara con justicia negada padre de la democracia dominicana, en las escasas ruedas de prensa que daba de ordinario se tenía la impresión --al menos para quienes teníamos ojos con que ver y oídos con que oír-- que los reporteros que lascubrían guardaban para la ocasión todo su arsenal de preguntas capciosas e indiscretas.
Claro, tal actitud era por demás comprensible si no razonable. Balaguer había sido el genio político que, muerto Trujillo, y acaso providencialmente hallándose en el ejercicio del poder público, tuvo el denuedo y la suficiente inteligencia, no sólo para hora buena desmantelar el remanente trujillista aún intacto y activo allí, sino para impedir que los nietos y bisnietos de Karl Marx en el país --menos, pero mejores, según el clásico decir de Lenin-- convirtieran a aquel antillano y prometiente paraíso en otro territorio libre de América al estilo del que había erigido en la Cuba de Martí, Maceo, y Gómez, su admirado héroe guerrillero Fidel Castro Ruz, el Compañero Comandante de ayer, y el simplemente Compañero Fidel de hoy.
Pero eso, como dice la gente, es harina de otro costal y tema para ocasión quizá más oportuna y feliz. Por ahora, como diría el genial creador del socialismo (bolivariano) del siglo XXI, lo que acaso más importe o convenga es parar mientes, y, al discreto estilo salomónico, tomar oportuna nota de la actitud agresiva y prejuiciosa de quienes encubriendo o disimulando su simpatía o sus tendencias políticas e ideológicas izquierdosas, intentaron, seguramente sin buen éxito, por la gracia de Dios, deslustrar una hazaña de inteligencia militar de la que sin duda, ahora y en los días venideros, habrá mucho bueno de que hablar y nada malo de qué lamentar.
¡Agresividad periodística, sí! Pero con justicia, honradez, imparcialidad, y estricto apego a la justicia y a la verdad. Lo demás, a no dudarlo, viene sobrando por innecesario e inútil.